Fui una adolescente en los 90, y eso quería decir que mis lorcitas no encajaban bien en los estándares imposibles de la época. (Por cierto, han vuelto, así que aunque hayas nacido en otra década, quizá también te suene).
Entre revistas que prometían vientres planos en 5 días y dietas recortadas de la Super Pop, la cultura de la dieta estaba en su apogeo… y yo, como tantas otras, acumulé dudas y frustraciones sobre mi cuerpo. Y cuando creces obedeciendo voces externas —médicos, publicidad, familiares—, acabas apagando la tuya.
Por eso, aunque quería estudiar Psicología, hice lo que “tenía salida”: Administración y Dirección de Empresas. Años después descubriría que todo tenía sentido… pero entonces solo estaba empezando a pagar el precio de vivir lejos de mi propósito.


Tras años de estrés, vuelos y cafés sustituyendo horas de sueño, mi cuerpo dijo basta: infecciones recurrentes, energía por los suelos y la sensación de estar sobreviviendo más que viviendo.
En medio de aquel descontrol, un día, delante de un plato con un filete, tuve una revelación extraña pero definitiva: lo que siempre había comido en piloto automático llamándolo “carne” era, literalmente, un cadáver.
Así empezó mi vegetarianismo… aunque lo hice “todo mal”: sin B12, sin entender las proteínas, fumando, comiendo ultraprocesados y exprimiendo mi sistema nervioso como si fuera infinito.

Seguía tirando de fuerza de voluntad, pero vivía en piloto automático. Hasta que el universo me echó un cable inesperado: el surf.
Al mudarme a Barcelona descubrí el mar como nunca antes y, con él, algo mucho más grande: un para qué.
Para coger olas necesitaba fuerza, energía, pulmones. Necesitaba cuidarme porque tenía un motivo, no una obligación. Así que empecé a entrenar, fui a dietistas, dejé de fumar desde un lugar amable y, por primera vez, el autocuidado dejó de ser castigo para convertirse en elección.
Lo que siempre me había costado horrores empezó a fluir casi sin esfuerzo. Cuando actúas desde tus valores —y no desde lo que otros dicen que “debes” hacer— todo cambia.
Fue entonces cuando entendí que no se puede vivir eternamente nadando a contracorriente. Era hora de cambiar el rumbo.
Cansada de información contradictoria, decidí formarme y dar estructura a todo lo que mi cuerpo y mi vida me estaban enseñando.
Cursé el Grado Superior en Dietética (Instituto Roger de Llúria), que me permitió comprender el cuerpo con rigor clínico.
Y poco a poco me fui formando con algunos de los mejores profesionales y escuelas del sector —ICNS, Marc Vergés, CEAN, Método Reshape, Neus Elcacho, The Health Science Academy— en cursos y especializaciones en nutrición que me permitieron entender la salud de verdad:
Interpretación de analíticas para nutrición
Suplementación avanzada
Enfermedades Inflamatorias Intestinales y salud digestiva
Método Reshape para Hipotiroidismo
Salud hormonal femenina
Nutrición clínica y deportiva vegetariana

Pero aún faltaba una pieza: entender la mente y cómo se crean (o se rompen) los hábitos.
Porque ninguna pauta, menú o recomendación funciona si no transformas lo que la sostiene por dentro.
Por eso me titulé en Psicología —¡Sí, cumplí por fin lo que deseaba desde los 18 años!— para comprender la narrativa interna, los patrones de autoexigencia y el peso de la cultura de la dieta en nuestra relación con la comida y el bienestar.
Aun así, me faltaba algo más práctico: una manera de acompañar hacia el futuro, no solo de comprender el pasado. Ahí apareció el Coaching, que me enseñó a trabajar el cambio desde el “para qué”, los valores y la acción sostenible.
Hoy integro nutrición, psicología y coaching para ayudar a mis clientas a crear cambios reales, sostenibles y acordes a quienes quieren ser, no a lo que otros les dijeron que deberían ser.
Pero todo lo que he vivido y aprendido me ha enseñado que el bienestar no empieza con una dieta o una lista de hábitos, sino con una conversación honesta contigo misma.
Si después de leerme sientes que podemos encajar, estaré encantada de conocerte.